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Alta suciedad

12 de julio de 1998Hace poco menos de un año que quiero hacerlo. Sé que no están preparados, ni ustedes ni yo, para cumplir este deseo iracundo y penetrante que me lleva a realizar actos impuros. La sociedad no me entiende, no. El acto que pienso me ayudará a salvar mi alma muy posiblemente también me condene. Saludos desde el infierno. ErnestoLa carta había estado guardada hacía mucho tiempo. Su lectura y la posible repercusión dentro de su círculo aristocrático, dentro, incluso, de su propia familia la hacían temblar. No le habían contado quién era el autor ni qué relación tuvo con su sangre anteriormente, solamente tenía la sensación de que el escrito arruinaría su imagen. Guardó la esquela en el sobre arrugado y lleno de grietas y, entre las prendas caras, permaneciópor unos cuantos meses aquella confesión. Argentina se puede convertir en una bendición o en una maldición, le habían comentado. Lo creyó. Por supuesto que tenían razón. ¿Lo decían por la economía? No sabía. Ella había…

Soledad (Sustantivo)

Soledad (sustantivo)Hacía doce años que no se veían. El no verse, el cerrar los ojos frente a la posibilidad de un nuevo encuentro, de asimilar el correr del tiempo, le atemorizaba tanto, o más,que la muerte. En su altillo tenía muchos recordatorios de esos tiempos, de esa lucidez juvenil, temía también, aunque no se lo hubiese comentado a nadie exceptuando a su cuarto, vacío, en alguna noche de nostalgia, que al subir las escaleras para penetrar en ese castillo de la memoria se diese cuenta de pequeños detalles dolorosos. Decidió escalar los peldaños. De una cosa estaba segura, se dijo, y era de que el tiempo todo lo cura (o casi todo).La escalera tenía veinte escalones, o por lo menos era lo que ella había contado en otras ocasiones, cuando no estaba temerosa de llegar a esa maldita habitación, cuando su concentración no temblaba como todo su cuerpo. Cuando no miraba de frente a la realidad. Levantó el pie, el derecho, y pisó fuerte el primer rectángulo de cemento. Pisó como si estu…

Animalidad

Se halló solo frente a la incomodidad de lo nuevo. Su hermano, tan novato como él en materia sentimental, no sabía qué hacer, lo abrumaba la culpa de no poder distinguir la moral de lo que acababa de pedir. El primogénito no dudó en ayudarlo, aunque sus manos se manchasen para siempre, no dudó porque sabía que la sangre es sangre y que esto no podía esperar. El menor, no obstante, temblaba aunque estaba deseoso de poder llevar a cabo el plan. Ninguno sopesó ni un segundo que la vida humana podría tener algún valor, ni el mayor ni el menor se desnudó frente a la posibilidad de la culpa, ni que la mano de la justicia los acechase y muchos menos de que se terminasen matando entre ellos. Imposible, dijo el mayor, el menor pensó lo mismo. Frente a ellos se encontraba su madre. ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué matar la flor que les dio la vida? Por eso mismo. Jamás habrían expuesto a un ser humano a la guerra diaria de la existencia, es egoísta, incluso cruel. Su mamá, por egoísmo propio, por …

Sobre el amor

Sobre el amorAma y haz lo que quieras…
El café parecía vacío, la gente paseaba por la calle como si el mundo no fuese nada más que una esfera tirada, al azar, en el basto espacio. Miró alrededor y pensó que entre tanta gente la soledad aparece como la culpa, en la cabeza, y se siente en la espalda y pesa tanto que nos encorva hasta rozar el piso con la barbilla. Las mesas cuadradas con sus pares de sillas y las familias tomando café le recordaban, como antaño, los tiempos felices y mágicos de la niñez. ¿Cómo pasa el tiempo, no? Sí, pasa como un tranvía, como un tren cargado de carbón, porque así es la vida a veces, un poco oscura. Así que mientras esperaba se acordó de su inocencia, esa máscara que nos ayuda a sobrevivir un rato, que nos congela y nos santifica. Así estaba, metida en su conciencia, en las fotos pretéritas y en las voces tan antiguas como el mundo mismo. Fue verlo, a los ojos, y distinguió que entre el sol y unos ojos dulces solamente había un cielo de distancia y es qu…